Educación Pública para el siglo XXI

Publicado: 10 noviembre, 2015
Educación

Crear escuelas públicas emblemáticas no es tan difícil como parece. Basta con seleccionar alumnos, profesores y directores destacados, una infraestructura razonable y ahí las tienen. Un esfuerzo económico y social mucho más potente y complejo es necesario si se quiere construir un sistema educativo de excelencia para todos. Para lograr este objetivo, el fortalecimiento constante y pujante de la educación pública, sin excepciones, es fundamental.

Una educación pública de excelencia es la base para avanzar hacia una sociedad más cohesionada, con una ciudadanía empoderada efectivamente, cuya voz se convierte en una fuerza real para mejorar las instituciones y desarrollar el país.

Es de esperar  que el resultado del proyecto de ley de Nueva Educación Pública presentado por el Gobierno nos permita volver a creer en un país donde elegir y alcanzar una educación de calidad sea una realidad para todos. Es de esperar que proporcione una nueva visión para el sistema educativo, ambiciosa no sólo en sus principios de calidad y equidad, sino que efectivamente permita proporcionar a cada estudiante la atención y metodología más adecuadas para adquirir las competencias necesarias y realizar sus sueños en este siglo XXI.

Una educación pública de excelencia es la base para avanzar hacia una sociedad más cohesionada, con una ciudadanía empoderada efectivamente, cuya voz se convierte en una fuerza real para mejorar las instituciones y desarrollar el país.

Sin embargo, una nueva institucionalidad para la Educación Pública no será suficiente si los nuevos sostenedores no tienen las competencias, recursos y apoyos adecuados, y si el nuevo diseño no empuja hacia la coherencia sistémica. Para esto es necesario hacerse cargo de temas como el modelo de financiamiento y de rendición de cuentas. Mientras el pago de la subvención sea por asistencia, las escuelas con alto índices de vulnerabilidad estarán en severa desventaja, lo que refuerza las inequidades del sistema. Además ese tipo de modelo inhibe la colaboración entre escuelas. Al mismo tiempo, mientras el SIMCE sea utilizado de manera perversa, será imposible que el sistema en su conjunto avance hacia la provisión de una educación integral.

El problema de este tipo de políticas es que chocan con los objetivos de otras introducidas en la última década. De esta manera, el sistema educativo se ha ido convirtiendo más bien en un Frankenstein, donde la confianza no se fortalece sino que más bien se acorta, afectando negativamente la motivación de los actores escolares. Es ésta motivación,  y no rendiciones de cuenta externas, el motor más importante para lograr los cambios culturales necesarios para alcanzar una educación pública de calidad para todos.

Como ya se ha probado en otras partes del mundo, donde la educación pública sí es prevalente y motivo de orgullo, es necesario instalar un sistema de apoyos transversales y esfuerzos coordinados para mejorar las capacidades profesionales de los actores escolares en su conjunto, teniendo siempre en cuenta el contexto, con el fin último que cada estudiante alcance su máximo potencial.

Revisa una carta sobre el mismo tema publicada en el Diario La Tercera el 8/11/2015