Sin colaboración no hay desarrollo

Publicado: 01 febrero, 2018
Educación

Javier González, Director de Summa.

Es natural que en épocas de elecciones la competencia entre distintos sectores de la sociedad se exacerbe. Pero la construcción de un país más próspero, equitativo y cohesionado dependerá de nuestra capacidad de trabajar con quienes son y piensan distinto. Chile presenta una serie de falencias para enfrentar este desafío. Si miramos el sistema escolar, por ejemplo, éstas son evidentes.

Primero, poseemos marcos institucionales inadecuados para fomentar la cooperación. A nivel macro, el sistema está diseñado para fomentar la competencia entre colegios como principal mecanismo de mejoramiento. Sin embargo, diversas investigaciones demuestran que (1) la competencia no posee efectos positivos importantes sobre la calidad y (2) la colaboración entre escuelas, a través de redes de aprendizaje, genera trayectorias de mejoramiento sostenibles en el tiempo. A nivel sistémico es clave fomentar una cultura de cooperación e intercambio de experiencias, metodologías, dificultades y desafíos. Redes de escuelas han sido exitosamente implementadas en países como Canadá y Uruguay. Este fenómeno también es extrapolable al ámbito productivo. Como recuerdan North y Akerlof, ambos premios Nobel de Economía, cuando se dificulta la cooperación entre actores se limita el crecimiento económico. La cooperación es clave para innovar.

Segundo, la segregación social en nuestras escuelas difícilmente permite a los jóvenes aprender a conocer, interactuar y valorar a quienes se ven y son diferentes. Ello genera desconfianza interpersonal, lo que dificulta la cooperación posterior. Según la encuesta World Values Survey 2014, sólo 12,6% de los chilenos considera que es posible confiar en la mayoría de las personas, versus el 73,7% de Noruega o el 56,2% de Nueva Zelanda. Debemos fomentar la diversidad e inclusión en el sistema escolar.

Por último, no estamos educando adecuadamente a las personas a cooperar. La reciente prueba PISA 2015 muestra que 42% de nuestros alumnos posee graves deficiencias para trabajar en equipo. Un porcentaje muy superior al promedio de la OCDE (28%). Esto empeora aún más según el nivel socio-económico, alcanzando 62% de los alumnos del primer quintil de ingresos. Es necesario modificar las prácticas pedagógicas en la sala de clases con estrategias como el aprendizaje colaborativo y el basado en problemas, y la tutoría entre pares, para desarrollar estas habilidades.

En un mundo en constante cambio, la capacidad de trabajar colaborativamente para innovar y solucionar problemas colectivos es crítica. Debemos preocuparnos de formar esta habilidad en las nuevas generaciones y crear marcos institucionales que fomenten la cooperación. Si no enmendamos el rumbo, los deficientes resultados PISA constituirán una mera proyección de las limitaciones que tendremos como sociedad en el futuro.