Columna de opinión


Coronavirus, educación e inequidad

  • Cristina Aziz

    Líder de Aprendizaje para el Futuro, FCh
  • Publicado: abril 6, 2020

Esta columna fue publicada en La Segunda.

El coronavirus infecta a todos por igual pero sus consecuencias no son las mismas para todos. La inequidad se ha mostrado en diversos aspectos de esta nueva realidad, algunas más visibles que otras. Uno de los más importantes, aunque no tan comentado, está relacionado al aumento de la desigualdad educativa. 

Es cierto que todos los estudiantes están en sus casas en cuarentena, independientemente del tipo de establecimiento, estatus social y edad. El impacto en el aprendizaje durante ese periodo no es por el simple hecho, como algunos pueden pensar, si la escuela es pública o privada, o si coloca a disposición o no una propuesta de formación virtual. Tampoco es solo la cantidad y calidad de los recursos educativos disponibles para aprender en casa que envían los docentes o que las familias pueden acceder desde las redes sociales u otros medios. 

Hay demasiados supuestos en juego. El primer es que todas las niñas, niños y adolescentes en Chile tienen acceso a un computador y a internet (de calidad). El problema, sin embargo, es aún más complejo. No es lo mismo pedir a un joven que estudie online que a un niño de 6 años o en edad preescolar. Si estos niños no saben ni siquiera leer, entonces, ¿qué grado de autonomía pueden tener para hacer sus tareas, sean impresas u online? 

En ese sentido, otros supuestos muy importantes son: que los padres y madres están en casa; que estando en casa tienen el tiempo para sentarse con sus hijos, durante cierta o gran parte de su día, para hacer tareas con ellos y enseñarles. Ojo, no las típicas tareas para la casa, sino una gran cantidad de trabajo de todas las asignaturas que deberían estar siendo enseñadas durante la larga jornada escolar; asimismo, que ese familiar tiene las capacidades necesarias para apoyarlos en dichas actividades. Entendiendo que hay cierto consenso al respecto, enseñar un niño a leer no es tarea para cualquiera; se necesita pedagogía y conocimientos que no todos tenemos.   

Los supuestos, sin embargo, no terminan aquí. Hay cosas aún más básicas como, por ejemplo, en el caso de las tareas enviadas por email, que todos los hogares tienen impresora, tinta y papel o que esa actividad se pueda hacer online; que da lo mismo si la familia tiene uno, dos, tres o cuatro hijos, de diferentes edades, aprendiendo diferentes contenidos, con diferentes necesidades y habilidades. 

Lo anterior nos hace reflexionar que los estudiantes pertenecientes a las familias con más restricciones serán lejos los más afectados por esta crisis. Como resultado, algunos niños – probablemente los insertos en ambientes con mayor capital cultural – seguirán aprendiendo, aunque no necesariamente al mismo ritmo, y podrán incluso desarrollar ciertas habilidades importantes para el siglo XXI, como la autonomía y la creatividad. Otros, a su vez, se retrasarán y no serán estimulados a seguir aprendiendo hasta el regreso a clases, y dependiendo de cuanto eso se alargue, el efecto puede no ser solo de corto plazo, sino que más grave, podrá tener consecuencias a lo largo de la vida.  

Entendiendo que las crisis traen consigo desafíos y oportunidades, es clave pensar en alternativas para minimizar el aumento de la desigualdad, como por ejemplo lanzar una política de televisión educativa innovadora y de calidad. En general, los hogares de menores ingresos tienen ese aparato electrónico disponible, siendo muy probablemente la mayor entretención de los niños, especialmente en situación de cuarentena. Asimismo, y estando conscientes que la mayoría de los apoderados no puede (no porque no quiera) acompañar a sus hijos en los procesos de aprendizaje en sus hogares, esta parece ser una de las soluciones más adecuadas y urgentes. 

Algunos programas educativos en TV interesantes para el público infantil en otras latitudes son: Play School, de la cadena ABC australiana, y la famosa serie Plaza Sésamo. En el caso de Chile, se destacan iniciativas como 31 Minutos, Tikitiklip Precolombino y toda la programación educativa y cultural de CNTV infantil, con programas como planeta Darwin, Experimenta, Yo lo puedo hacer, entre otros, que podrían pasar a ser contenido de una programación para diferentes edades, sin comerciales entremedio. La iniciativa del Mineduc de incorporar un segmento educativo en el Buenos Días a Todos puede ser considerado un primer paso, pero por cierto es insuficiente. 

Independientemente de la contingencia del coronavirus, ya estamos conscientes que vivimos en un mundo complejo y cambiante, por lo que es necesario pensar en una política de largo aliento hacia una televisión educativa de calidad considerando las diversas realidades del país, pesando especialmente en las niñas y niños con menos autonomía para estudiar online. Sabemos que la educación siempre ha estado en el corazón de los problemas de desigualdad en los países, pongámonos como meta evitar que ese virus profundice esta situación y deje además esa grave secuela en Chile. 

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