*Esta columna fue publicada en La Segunda el 11 de agosto 2026
En agosto Fundación Chile cumple 50 años. Es una fecha significativa para quienes hemos tenido la oportunidad de conocer de cerca su trabajo, pero también constituye una ocasión para reflexionar sobre el tipo de instituciones que Chile necesita para construir su futuro.
Durante estas cinco décadas han cambiado las prioridades del país, las tecnologías disponibles, los sectores productivos y las expectativas de la ciudadanía. Fundación Chile ha sabido evolucionar frente a cada uno de esos cambios, conservando una característica esencial: su capacidad de mirar más allá de la contingencia y trabajar con una perspectiva de largo plazo.
Esa mirada resulta especialmente relevante en un momento en que Chile necesita recuperar capacidad de crecimiento, elevar su productividad, incorporar nuevas tecnologías, acelerar la transición energética y preparar a las personas para empleos que están cambiando aceleradamente. Son desafíos complejos, que requieren continuidad, conocimiento técnico y acuerdos capaces de trascender los ciclos políticos y económicos.
La experiencia de Fundación Chile muestra que las grandes transformaciones difícilmente son el resultado de un actor aislado. El Estado, las empresas, las universidades, los centros tecnológicos, las organizaciones sociales y las distintas regiones del país poseen capacidades diferentes y complementarias. Cuando esas capacidades se articulan en torno a objetivos comunes, es posible acelerar soluciones, reducir riesgos y transformar oportunidades en resultados concretos para el país.
Hay evidencia concreta de eso. En 2006, por ejemplo, cuando la energía solar en Chile era una promesa sin modelo de negocio, Fundación Chile creó SolarChile, la primera empresa fotovoltaica del país sin subsidio público, y trabajó en remover las barreras tecnológicas, regulatorias y de coordinación que inhibían la inversión privada. La empresa fue posteriormente adquirida por First Solar. Hoy la capacidad solar instalada en Chile supera los 11 GW. Ese resultado no se explica por un actor ni por un gobierno, sino por decisiones sostenidas durante décadas.
Ese tipo de articulación es difícil de construir. Requiere espacios de confianza entre actores que habitualmente operan desde ámbitos distintos, y una institucionalidad que los sostenga cuando cambian los gobiernos, las prioridades y las personas. La colaboración público-privada, cuando se sostiene, produce bienes públicos, fortalece sectores productivos y desarrolla capacidades que permanecen en el tiempo.
Esta forma de trabajar exige también una institucionalidad sólida. La confianza no se construye únicamente a partir de buenas intenciones. Requiere transparencia, rigor técnico, buena gestión y claridad respecto del uso de los recursos. Fundación Chile ha trabajado sobre esas bases, y es lo que le ha permitido convocar, durante cinco décadas, a instituciones nacionales e internacionales en torno a desafíos estratégicos para Chile.
Hace dos décadas BHP, la compañía que integro, decidió aportar junto al Estado de Chile al patrimonio de la Fundación. Una de nuestras motivaciones ha sido una visión en común. En minería, como en Fundación Chile, el horizonte no se mide en meses ni en años, sino en décadas. Esa coincidencia explica por qué quisimos ser parte, y por qué seguimos convencidos de que vale la pena.
Chile necesita instituciones capaces de sostener esa perspectiva, convocar voluntades diversas y convertir ideas en resultados. El mayor desafío para Fundación Chile será seguir anticipando las transformaciones que el país necesita y contribuir a hacerlas posibles; continuar trabajando con la mirada puesta en los próximos 50 y, sobre todo, en el país que recibirán quienes vienen después de nosotros.