Durante años, la discusión energética en Chile giró en torno a una prioridad comprensible: instalar más capacidad renovable. Había que crecer, desplazar combustibles fósiles y aprovechar un recurso solar y eólico excepcional. Esa etapa fue indispensable. Pero hoy ya no basta con sumar capacidad. La pregunta ha cambiado. Ahora se trata de cómo operar, sin perder estabilidad, un sistema cada vez más dominado por generación renovable variable y electrónica de potencia, especialmente cuando baja el sol, cambia el viento o aparece una perturbación severa.
En ese cambio de foco, el almacenamiento BESS dejó de ser una simple herramienta para mover energía del mediodía a la noche. Empieza a perfilarse como infraestructura habilitante crítica para que la transición energética no solo avance, sino que pueda sostenerse operativamente.
El cambio ya no es teórico. A abril de 2026, cifras sectoriales de ACERA muestran más de 10 GW de sistemas BESS entre operación, pruebas y construcción, con una capacidad de almacenamiento superior a 44 GWh. Además, los datos recientes del gremio muestran que cerca del 80% de la capacidad BESS en construcción corresponde a proyectos híbridos con centrales solares fotovoltaicas. La señal es evidente y apunta a un cambio de fondo. El mercado ya no piensa generación y almacenamiento como piezas separadas, sino como parte de una misma arquitectura.
Detrás de ese despliegue hay una necesidad menos vistosa, pero más decisiva. El sistema chileno necesita flexibilidad. En 2025, Chile registró del orden de 6 TWh de vertimiento renovable, energía local, de bajo costo operacional y con menor exposición a combustibles importados, que el sistema no logró absorber. El primer aporte del BESS está precisamente ahí, en capturar parte de esa generación antes de que se pierda, desplazarla hacia otras horas y aliviar una operación marcada por rampas pronunciadas, congestión y restricciones operacionales.
Pero reducir las baterías a una herramienta de arbitraje sería leer el fenómeno a medias. Su valor más importante empieza a aparecer en la estabilidad del sistema. A medida que la red se llena de renovables, el desafío ya no es solo producir electricidad, sino lograr que todo siga funcionando de manera segura. Ahí el BESS puede jugar un rol más sofisticado: transformarse en un apoyo clave para sostener la red, responder con rapidez y mejorar la capacidad de recuperación del sistema.
Ese giro ya comenzó a reflejarse en la regulación chilena. A comienzos de 2026, la CNE aprobó una modificación de la NTSyCS, junto con anexos técnicos asociados a la robustez del sistema y a las instalaciones basadas en convertidores. Luego, ese marco tuvo una bajada más operativa con la guía referencial publicada en mayo por el CEN para verificar instalaciones IBR Grid Forming, con foco particular en BESS. La señal es clara, porque en un sistema más electrónico no basta con declarar que una batería puede aportar estabilidad. Sus capacidades deben demostrarse mediante modelos confiables, pruebas, ensayos en terreno y monitoreo durante la operación comercial.
En definitiva, el despliegue de baterías no debería leerse como una nueva ola de entusiasmo tecnológico, sino como una señal de madurez para la transición energética chilena. Su verdadero valor no estará solo en los MW conectados ni en los GWh anunciados, sino en la flexibilidad, seguridad y estabilidad verificable que aporten al SEN. Porque Chile ya demostró que puede instalar renovables a gran escala; ahora debe demostrar que puede operarlas sin perder resiliencia. Ahí es donde las baterías dejan de ser un complemento tecnológico y pasan a cumplir una función sistémica crítica.