A 8 años de su publicación en el Diario Oficial y 6 de su implementación plena, la Ley 21.100, conocida como Chao Bolsas Plásticas, no está exenta de críticas.
Aunque ha evitado la distribución de unas 6 mil millones de bolsas plásticas por parte del comercio, se le reprocha el reemplazo de muchas por la adquisición de bolsas sanitarias para la basura (un mercado que ha crecido entre 30 y 50%); la tendencia a acumular bolsas reutilizables (la “bolsa de bolsas” que la mayoría tenemos en casa), sin que exista un “fin de vida” regulado para estas; la falta de fiscalización respecto a la materialidad de estas bolsas reutilizables (muchas seguirían siendo plásticas), y el que se sigan entregando sin ningún control en ferias y locales de venta en virtud de la exclusión de las que —según se indica en la ley— “constituyan el envase primario de alimentos, que sea necesario por razones higiénicas o porque su uso ayude a prevenir el desperdicio de alimentos”.
Sin embargo, todas estas “sombras” no eliminan el gran logro de esta ley: haber sido el inicio de la toma de conciencia sobre la importancia de reducir los plásticos de un solo uso y apostar por alternativas reutilizables. Se trata de un cambio cultural en curso, que apenas comienza, pero que tuvo su debut con esta regulación de alto respaldo ciudadano, siendo Chile el primer país de Latinoamérica en implementar esta prohibición.
Abrió el camino para que después se avanzara en la Ley REP, de Responsabilidad Extendida del Productor, también conocida como Ley del Reciclaje, y la Ley PUSU, que regula los plásticos de un solo uso y fomenta la reutilización. A pesar de las dificultades en la implementación, se trata de un marco regulatorio que hoy nos permite avanzar en la construcción de una economía circular de los plásticos y otros materiales, que ahora tienen la oportunidad de pasar de residuos a recursos.
El desafío ahora ya no es solo contar con leyes que impulsen transformaciones, sino asegurar su implementación y complementarlas con innovación, colaboración y cambios en los modelos de negocio.
La experiencia de estos años también demuestra que las regulaciones, por sí solas, no transforman un sistema. Son necesarias, pero deben ir acompañadas de colaboración entre el sector público, las empresas, la academia y la sociedad civil para acelerar los cambios.
“Un poquito es caleta”, dijimos en la campaña de la Semana del Reciclaje, y —siguiendo con el eslogan— cada bolsa plástica que se puede evitar es caleta. Es el plástico de un solo uso por excelencia: tiene una vida útil de 15 a 30 minutos, pero tarda cientos de años en degradarse. Y su prohibición de entrega en el comercio y la progresiva adquisición del hábito de usar reutilizables, marca el inicio de un cambio cultural, esa primera luz que nos señala que podemos hacerlo distinto.