Columna de opinión

Cambio de fase en la escuela

Publicado: junio 04, 2021
  • Esta columna fue publicada por La Tercera.

El resultado que arrojó el Diagnóstico Integral de Aprendizajes mostró que 1,8 millones de estudiantes entre 6° básico y IV medio no alcanzaron los conocimientos mínimos necesarios en lectura y matemática. Sin duda que esto enciende una alarma respecto de cómo enfrentar el rezago pedagógico, sobre todo considerando que aún continuamos en un proceso de incertidumbre respecto de las condiciones sanitarias, lo que implica que muchas comunidades educativas sigan optando por el trabajo en línea o remoto.

Sin bien esto nos alarma, no es sorpresivo. Desde los inicios de la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, la proyección de los efectos negativos en los procesos educativos fue alta. El cambio de escenario desde la presencialidad a la clase remota fue algo que remeció nuestro sistema educativo, por toda la implicancia que conlleva que niñas, niños y jóvenes continúen sus trayectorias educativas desde sus casas, considerando el alto número de hogares que no cuenta con las condiciones de espacio físico o conectividad, para sostener procesos de aprendizajes efectivos.

Asimismo, se multiplicaron las condiciones de estrés para las y los docentes: el uso educativo de la tecnología, la dificultad de motivar a sus estudiantes a distancia y mantener el vínculo pedagógico, son algunos factores que emergieron en el estudio “Engagement y Agotamiento en los docentes de Chile: una mirada a partir de la realidad Covid-19”, realizado por la consultora de capital humano Circular HR de Fundación Chile.

Por otro lado, en julio de 2020 la encuesta Vinculando Aprendizajes del portal educarchile evidenciaba que para un 78% de los docentes la preocupación central en pandemia era la situación emocional, económica y social de sus estudiantes. La angustia en algunos casos de no tener contacto con sus estudiantes, la preocupación por las familias que sufrieron la pérdida de empleos y la tristeza por el fallecimiento de miembros de la comunidad educativa, son factores que siguen afectando a nuestros jardines, escuelas y liceos, y siguen desafiando a educadoras, docentes, asistentes y profesionales de la educación.

Pero en este escenario altamente tensionado salieron a la luz conversaciones y espacios de reflexión en torno a la importancia del aprendizaje socioemocional de las comunidades escolares, abriéndose nuevas dinámicas que permitieron ampliar la visión del rol de la escuela, el que va mucho más allá que cautelar cierto manejo de contenidos de acuerdo al nivel cursado. Quienes estamos vinculados al mundo educativo, hemos visto con emoción cómo se han generado nuevas dinámicas entre las familias y las escuelas, entre sostenedores y directivos, entre directivos y profesores. Hemos sido testigos de cómo asomó fuertemente la práctica de la colaboración y la comunicación. La escuela comenzó a entenderse y a vivirse como un espacio en donde ocurre el aprendizaje integral, donde estudiantes, docentes, apoderados y directivos aprenden a convivir, y a desarrollar habilidades como la comunicación y la creatividad.

¿Por qué no pensar entonces en un cambio de fase? Sabemos que las generaciones del siglo XXI operan con bastante autonomía en varios ámbitos, ¿por qué no pensar también en estudiantes autónomos, con capacidad de establecer sus ritmos y motivaciones para aprender? En este período se ha profundizado el conocimiento de diferentes metodologías que ponen en el centro al estudiante generando procesos de aprendizaje de acuerdo a sus intereses y contextos, quizás ha llegado el momento de compartir más claramente el desafío de aprender en conjunto con quienes juegan hoy el rol de aprendices en el mundo escolar: las y los estudiantes.

Dimensionemos en conjunto con ellas y ellos los efectos de esta crisis en sus trayectorias educativas, identificando las habilidades claves a desarrollar y eligiendo los temas de interés que permitirían su despliegue. Digámosles a nuestros estudiantes que confiamos en ellos y en su capacidad de salir adelante. Hagámosles parte de sus trayectorias educativas y que sean los protagonistas. Solo de manera conjunta, generando espacios de confianza y colaboración para la construcción colectiva, podremos mitigar los efectos de esta crisis en la calidad educativa de nuestro país.

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