Noticias 20 oct 2026

El octubre más lluvioso en Santiago no repara años de sequía: por qué seguimos en crisis hídrica

El octubre más lluvioso en Santiago no repara años de sequía: por qué seguimos en crisis hídrica
  • Las precipitaciones alivian la falta de agua, pero no permitirán la recuperación de acuíferos, ecosistemas y reservas de agua afectadas durante todos los años de la mega sequía. La evidencia científica advierte sobre un futuro con balance más seco para Chile y refuerza la urgencia de avanzar en adaptación, eficiencia y gestión hídrica en las cuencas. 

Por Eduardo Mujica 

2026 ha sido un año de lluvias. El Fenómeno del Niño se instaló con fuerza en nuestro país y ha provocado aluviones, inundaciones, activación de numerosas quebradas y un daño irreparable para muchas personas en Chile. Entre las preguntas que emergen luego de cada temporal hay una que parece repetirse: ¿se terminó la sequía? 

Octubre ha instalado nuevamente esa discusión. Según los registros de la Dirección Meteorológica de Chile (DMC), difundidos el 15 de octubre, la estación Quinta Normal acumulaba 108 milímetros durante el mes, superando en un 23% los milímetros de un año normal (promedio de últimos 15 años). Un récord para Santiago que, sin embargo, no permite dar por superada la crisis hídrica del país, que arrastra una sequía de larga data. 

Las precipitaciones son una buena noticia para la disponibilidad de agua. Pueden mejorar las condiciones de los suelos, alimentar los ríos y contribuir a recuperar reservas. Pero un mes excepcionalmente lluvioso no basta para determinar cuánto se han recuperado las fuentes de abastecimiento ni cómo enfrentarán la próxima temporada seca. Además, exponen las vulnerabilidades a las que se enfrentan los territorios. 

El aluvión del 8 de octubre en Las Condes y los registrados este año en sectores de Antofagasta y Coquimbo muestran las consecuencias de estas precipitaciones sobre territorios vulnerables. La intensificación de las precipitaciones extremas asociada al calentamiento global refuerza la necesidad de prepararse, aunque no permite atribuir automáticamente cada aluvión al cambio climático. Proteger las quebradas, considerar sus riesgos en la planificación urbana y fortalecer el monitoreo y la alerta temprana son medidas de adaptación que cobran especial urgencia.  

Parte de esa prevención también puede apoyarse en la naturaleza. Recuperar la capacidad del suelo para retener e infiltrar agua permite disminuir la escorrentía y la erosión. En María Pinto y Curacaví, Escenarios Hídricos 2030 de Fundación Chile ha implementado Paisajes de Retención de Agua y Suelo mediante zanjas de infiltración, micro terrazas, fajinas y otras intervenciones que ayudan a conservar el agua en el terreno. En las obras más recientes de Las Mercedes e Ibacache, en María Pinto, se replican técnicas para retener sedimentos y agua, contribuyendo no sólo a reducir el riesgo de inundación, sino justamente a evitar la remoción en masa que genera el arrastre de material, rocas y barro que afecta a las poblaciones ubicadas aguas abajo.  

La diferencia es importante: una cosa es que deje de faltar lluvia durante un período y otra es que un territorio disponga de agua suficiente, de buena calidad y de manera sostenida para las personas, sus actividades y los ecosistemas. 

La sequía también deja una memoria bajo tierra 

A junio de 2026, el déficit de precipitaciones acumuladas en Chile entraba en la categoría de grave. Los registros oficiales de la Dirección Meteorológica de Chile muestran que, salvo excepciones puntuales como Arica y Puerto Williams, el resto del país presentaba déficits de lluvia que oscilaban entre el 4% y más del 90% respecto de sus promedios históricos.  

La pérdida de reservas de agua y la erosión de los suelos no se revierte necesariamente al mismo ritmo en que vuelven las lluvias. Los ríos, la nieve y las aguas subterráneas están conectados, y la respuesta de una cuenca depende también de lo ocurrido en los años anteriores. 

Ulrike Broschek, directora de Escenarios Hídricos 2030 y subgerenta de Sustentabilidad de Fundación Chile, explica por qué un mes lluvioso no permiten declarar la superación de la crisis hídrica.  

“La escasez hídrica en Chile responde a varios factores que no se ha podido resolver principalmente porque no la hemos priorizado. Recién a partir del 2019 se evidenció con más fuerza los síntomas de la mega sequía pero que venía ocurriendo desde el año 2010. Además, la escasez no sólo ocurrió por el cambio climático sino por un importante aumento en la demanda productiva del agua”, argumenta la experta. 

A lo anterior, añade que la demanda de agua, junto con otros factores, permiten explicar la escasez. “Hoy, en prácticamente todo el país necesitamos más agua de la que naturalmente se renueva, lo que ha llevado a sobreexplotar reservas subterráneas acumuladas durante cientos o miles de años, que no se recuperan con un solo año lluvioso. A esto se suma además que la erosión de los suelos por sus diferentes usos reduce su capacidad para infiltrar agua, haciendo que escurra más rápidamente al mar, con poca capacidad de almacenarla naturalmente”. 

De hecho, un estudio publicado en Hydrology and Earth System Sciences, que analizó 106 cuencas del centro-sur de Chile, encontró que durante la megasequía los caudales disminuyeron más de lo que cabía esperar considerando únicamente la reducción de las precipitaciones. La investigación identificó la importancia de la “memoria hidrológica”: las reservas de nieve y agua subterránea influyen en la disponibilidad de agua de las temporadas siguientes.  

Los estudios de recarga de acuíferos encargados por Escenarios Hídricos 2030 para las cuencas del Maipo y Maule muestran que la disponibilidad de agua también depende de las condiciones del suelo y de su capacidad de infiltración. En el Maipo, el análisis publicado en 2021 identificó un descenso sostenido de las aguas subterráneas, indicativo de sobreexplotación, y una menor recarga en sectores donde la urbanización impermeabilizó el terreno. Estos antecedentes ayudan a entender por qué no basta con que vuelva a llover: también es necesario proteger las zonas donde el agua puede infiltrarse y recuperar las reservas bajo tierra. 

El Niño y el cambio climático: dos procesos que se superponen 

El Niño forma parte de la variabilidad natural del clima y se caracteriza por el calentamiento de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental, junto con cambios en la circulación atmosférica. En Chile, sus efectos dependen de la estación del año, la zona del país y su interacción con otros patrones climáticos. 

La DMC explica que este fenómeno suele favorecer una mayor frecuencia e intensidad de precipitaciones en la zona centro y sur. Su boletín de septiembre de 2026, además, describía un evento que continuaba intensificándose y proyectaba precipitaciones sobre lo normal en la zona centro y centro-sur para octubre–diciembre.  

Por eso, no es correcto establecer una relación directa en la que cada aumento de temperatura del océano signifique menos agua para Chile. El problema es que esta variabilidad ocurre sobre un clima que también está cambiando. 

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) identifica una disminución de las precipitaciones y los caudales durante varias décadas en Chile central, y señala que la megasequía iniciada en 2010 ha sido atribuida parcialmente a la influencia humana sobre el clima. También proyecta una mayor aridificación para esta zona.  

Un futuro más seco tampoco excluye lluvias intensas. Según el IPCC, a escala global la intensificación de las precipitaciones extremas sigue aproximadamente el aumento de la capacidad de la atmósfera para contener humedad: alrededor de 7% por cada grado de calentamiento global, con diferencias regionales. Esa cifra describe un mecanismo físico general; no mide la pérdida de agua de Chile ni explica por sí sola las tormentas de este octubre.  

El desafío, entonces, es doble: prepararse para períodos prolongados de menor disponibilidad y, al mismo tiempo, para episodios de lluvia capaces de provocar inundaciones. 

Las lluvias extremas y la sequía tienen justamente relación con la alteración de patrones que produce el cambio climático. Tal como explica Broschek, en Chile tendremos largos períodos de sequía seguidos de lluvias muy intensas y concentradas en pocos días. 

“El Niño es un fenómeno natural que influye en las precipitaciones de un año determinado, mientras que el cambio climático modifica las condiciones de largo plazo y puede intensificar los eventos extremos. El gran desafío es que tener más lluvia en pocos días no significa tener más agua disponible. Cuando las precipitaciones son muy intensas, gran parte del agua escurre rápidamente, provoca inundaciones y no alcanza a infiltrarse para recuperar nuestras reservas subterráneas”, sostiene. 

Una de las claves a las que apunta la subgerenta de Sustentabilidad FCh es la capacidad que tendremos para prepararnos. «Debemos prepararnos tanto para enfrentar la escasez como para gestionar los excesos de agua. Captar el agua lluvia cuando se produce para tener reservas de agua para los años secos. Muchos países entendieron esto hace varios años. Nosotros estamos atrasados. En Singapur por ejemplo hace unos 15 años establecieron en uno de los pilares de su política hídrica que no iban a perder ninguna gota de agua caída sobre su territorio”. 

El Maipo: la presión va más allá de cuánto llueve 

En la cuenca del río Maipo, habitada por más de siete millones de personas, la seguridad hídrica tiene una relevancia especialmente alta. El agua debe sostener el abastecimiento de la población, las actividades productivas y los ecosistemas de un territorio con múltiples demandas.  

Un estudio difundido por Escenarios Hídricos 2030, que comparó coberturas entre 1995 y 2016, identificó una pérdida cercana al 17% de la superficie remanente de bosque espinoso interior en la cuenca del Maipo, principalmente por expansión urbana. La investigación destacó la importancia de proteger la vegetación de riberas y cabeceras para mantener los procesos ecosistémicos de la cuenca.  

Las lluvias de este año sí han generado mejoras que deben reconocerse. Al 5 de octubre, la Dirección General de Aguas informaba 7.417 millones de metros cúbicos almacenados en los 25 embalses monitoreados. En el Maipo, El Yeso registraba 141,3 millones de metros cúbicos, equivalentes al 64% de su capacidad. Son datos de una fecha específica y anteriores a las últimas tormentas, lo que no representan un diagnóstico completo de la recuperación de la cuenca.  

La pregunta, por tanto, no se limita a cuánta agua cayó. También importa cuánto se conserva, cómo se utiliza y qué capacidad tiene el territorio para sostener sus fuentes durante los meses secos. 

En el caso particular de la Cuenca del Maipo el estrés hídrico es un desafío estructural que se debe resolver con una combinación de acciones. Es necesario, a ojos de la experta, avanzar hacia una gestión integrada y colaborativa del agua.  

«Implica proteger las fuentes y reservorios de agua, restaurar ecosistemas, impulsar soluciones basadas en la naturaleza y diversificar las fuentes de abastecimiento. Pero, sobre todo, necesitamos pasar de las soluciones aisladas a una planificación e inversión colaborativa a escala de cuenca, donde los sectores público y privado, junto a las comunidades, trabajen con una visión compartida. Desde Escenarios Hídricos 2030 impulsamos este enfoque, porque la resiliencia hídrica no depende solo de disponer de más agua, sino de cómo gestionamos el territorio y nos preparamos para un clima cada vez más extremo”, comenta. 

Adaptarse mientras hay agua 

La evidencia de largo plazo refuerza la necesidad de actuar. Adaptarse es clave y requiere mejorar la eficiencia, proteger las fuentes naturales, recuperar suelos y fortalecer la coordinación entre quienes comparten el agua. La mitigación del cambio climático, mediante la reducción de emisiones, es complementaria: busca limitar el calentamiento que aumenta los riesgos futuros. 

Escenarios Hídricos 2030 ha impulsado este enfoque mediante propuestas de gestión y soluciones territoriales. En el Maipo, el trabajo desarrollado con el Gobierno de Santiago permitió levantar una cartera de 34 iniciativas regionales y 627 proyectos comunales. Para las iniciativas regionales se proyectó un potencial de recuperación y ahorro de más de 564 millones de metros cúbicos de agua al año y una reducción de la brecha hídrica de 28%. Son beneficios estimados de su implementación, no resultados ya alcanzados.  

Por eso, para Broschek es tan importante generar acuerdos entre distintas entidades, ya que los desafíos hídricos no pueden resolverse de manera aislada.  

“Hemos identificado que las soluciones más costo-eficientes para la cuenca del Maipo son la eficiencia hídrica y las Soluciones basadas en la Naturaleza, pero ambas requieren una mirada sistémica y colaboración. No basta con que un usuario sea eficiente si el resto no avanza en la misma dirección. La colaboración público-privada es fundamental: permite coordinar esfuerzos, priorizar inversiones y alcanzar impactos que individualmente no podríamos lograr”, finaliza. 

Las lluvias de octubre ofrecen un alivio y una oportunidad para recuperar reservas. Aprovecharlas exige mirar más allá del temporal: proteger los lugares donde el agua se almacena, reducir la presión sobre sus fuentes y preparar las cuencas para la próxima temporada seca. Esa tarea sigue vigente, incluso cuando llueve.